martes, 30 de agosto de 2011

La fábula del pastor

Existía un hombre que se había criado con un grupo de ovejas. Se encargaba de cuidarlas, o eso creía él, aunque la realidad es que eran las ovejas las que le protegían. Estaba tan acostumbrado su poca estatura que aprendió a mirar únicamente hacia abajo. Se pasaba todo el día viendo sus pies y los de las ovejas, ¡tanto, que olvidó qué era el sol, las nubes y las estrellas! Él sólo sabía de sus pies y sus ovejas, ¡qué feliz era con aquella vida!

De pronto un día, una de las ovejas comenzó a sentirse mal con sus compañeras. El pastor empezó a contarle cuentos, muchos, eran preciosos. En ellos, las gentes que se resignaban eran los mejores, los héroes... tanto, que en uno de esos cuentos, uno de los protagonistas moría y todos eran felices; incluso el muerto. Los amigos del fallecido se jactaban recordando las anécdotas de aquel héroe. De esta manera la oveja decidió que ella quería ser tan feliz como lo eran en los cuentos e intentó suicidarse.

Las otras ovejas se percataron, algunas se escandalizaron, otras al igual que el pastor la habían estado animando con sus comentarios y se hicieron las escandalizadas. El resultado, todas las ovejas se volvieron contra el pastor y decidieron abandonarlo. El pastor, que solo sabía de sus pies, olvidado del mundo y solo, comenzó a odiarlo todo, lo primero a sí mismo. Continuamente estaba buscando más ovejas a las que engatusar, de hecho aún lo hace hoy. Siempre las mismas mentiras, historias, ya oídas antes, que él mismo se atribuía siempre mirando a sus pies, con el cartel de la ignorancia colgando de su faz... todo lo que él decía era ley, dogma, nunca se equivocaba, ¿por qué? Sólo porque él lo decía, porque él no rendía cuentas con nadie, no conocía a nadie sólo sus pies, y ellos eran los más importantes.

Nuestro pastor se asentó después en una nueva comunidad, pero ésta, más que estar llena de ovejas, lo estaba de pastores. ¡Qué desdichado se sentía!, ¡nadie oía sus mentiras, nadie miraba sus pies!, ¿por qué todos miraban hacia el cielo, las estrellas? Sucedió que tuvo una fuerte discusión con uno de los pastores. El otro pastor estaba harto de las mentiras del protagonista y decidió hacer que levantara la cabeza de sus pies, pero él, terco, se negó, se ofendió y comenzó una campaña para desprestigiar al otro pastor, que impasible siguió con su vida. Al pastor le reconcomía esto, y no podía pasar un día sin mentar a su enemigo, sin culparle de todos sus problemas, era lo fácil, era como mirar sus pies.

Al final de su desdichada vida de soledad, una vida despreciable para todo aquel que ama de verdad la vida, a punto de morir, cayó de espaldas y por primera vez en su vida vio las estrellas, qué hermosas eran, podría estar toda una vida mirándolas... ¡ahora entendía aquello que el otro pastor le decía y que él negaba una y otra vez! En el último suspiro de aire que le quedaba giró la cabeza y vio su rostro reflejado en el agua... era el de una oveja. Por fin, quizás demasiado tarde, se percató de aquello que todos sabían, su vida había sido un camino de pasos en falso.

sábado, 13 de agosto de 2011

Entrelazamientos. Ángel Martínez García-Posada

“La realidad llega a ser un soporte para la reflexión o un campo magnético en el que el artista se identifica con los tiempos. En ese momento se desplaza hacia el origen. El inicio de la vida y el final de la muerte han concluido. La obra de arte es la materialización de esta fusión. Es lo que la hace eterna o trascendente. Ahí comienza la relación entre la vida y el arte”               Lygia Clark

A lo largo de su obra Lygia Clark defendió siempre la idea del arte como un acto de vida. En sus últimos trabajos, Objetos relacionales, esta pretensión alcanzó quizás su máxima intensidad. En una habitación de su casa, su “consultorio”, la artista disponía objetos diversos, así bolsas de plástico, telas llenas de aire, agua, arena o poliestireno, rollos de cartón, tubos de goma, y un sinfín de artículos imprevisibles, humilde reciclaje casero y vestigios orgánicos de una vida, como en aquella cama de Tracey Emin. Clark los consideraba inductores de experiencias terapéuticas, sensoriales y simbólicas, casi psicoanalíticas, entre el individuo y la colectividad, y trabajaba a partir de la manipulación de los mismos y su interacción con el cuerpo. “El arte es el cuerpo” quizás fuese su proclama más ejemplificadora y una de las más memorables. Era la suya una experiencia de mediación, sobre un tablero una singular partida entre Duchamp (artículos escogidos de la cotidianeidad que alcanzaban nuevos significados) y Man Ray (la yuxtaposición de encuentros inesperados); también una colección infinitiva de acciones, envolver, contener, alumbrar o encontrar.
Unos años antes, a mediados de los años sesenta (se había formado con Roberto Burle Marx en Río de Janeiro a finales de los cuarenta), la artista brasileña había creado Caminando. La propuesta consistía en el ofrecimiento a un espectador de una tira de papel, tijera y cola, y una serie de instrucciones de uso: pegar los extremos de la tira, unir el haz de uno con el envés de otro, igual que en una banda de Moebius, escoger un punto cualquiera de la tira para empezar un corte longitudinal y completar una vuelta evitando incidir en el punto inicial. Se iban generando así formas entrelazadas y continuas –una única forma en realidad–, resonante espiral fractal sin principio ni final, la tira original se hacía cada vez más estrecha y el diámetro cada vez mayor, hasta que el calibre de la herramienta –los límites de la técnica; consecuencias de una baja tecnología– ya no permitía avanzar en la travesía y la obra estaba entonces terminada.
A Hans Christian Andersen le gustaba recortar figuras de papel y a veces las usaba para contar una historia. Los aros de papel de Lygia Clark, formas de aire en el aire como en ciertas investigaciones de Juan Navarro Baldeweg, dibujaban en el vacío un recinto inducido, tanto más expansivo cuanto más fina la piel de celulosa y mayor la habilidad del cirujano. Acaso alguien querrá evocar la leyenda de la fundación de Cartago, tan metafórica como arquitectónica, en nuestro caso convertida en un ovillo poroso de papel. La princesa Dido, hermana de Pigmalión, rey de Tiro, huyó navegando con el tesoro de su esposo Siqueo que ambicionaba Pigmalión, hasta llegar a la región habitada por los libios; allí solicitó al rey local tierras para fundar una ciudad pero este le concedió apenas el terreno ocupado por una piel de toro: en su ingenio creativo Dido cortó la piel en finísimas tiras, delimitó una gran extensión e hizo construir una fortaleza llamada Birsa, que se convirtió en la ciudad de Cartago. Al jugar en casa a menguar la banda de papel de partida reproduciendo la operación de Clark, la tira entre mis manos alguna vez nos recordó al Monumento a la Tercera Internacional de Tatlin, desinflado y etéreo, casi desvanecido. En esa otra mitología, la de los artistas que fundieron su obra con su vida, cabría escribir que Matisse, envejecido y enfermo, sin fuerza ya para sostener los pinceles, desarrolló la técnica de recortar figuras de papel de colores vivos. Sus gouaches découpées (pinturas recortables), tan denostados inicialmente, acabaron siendo reconocidos como una solución al eterno problema de la línea y el color, y así, tanto habrían de influir a los artistas del siglo pasado. La idea de que proyectar arquitecturas se asemeja al recorte de formas de papel en el aire alumbra la superación de la dicotomía de la figura y el fondo, la hoja en blanco cobra volumen –analogía profunda de todo proyecto y su tránsito entre la bidimensionalidad del plano y la tridimensionalidad de la forma en el espacio– y se enlaza con el vacío.
Caminando era un proceso indeterminado, con tintes lúdicos y a la vez reivindicativos, la obra se hacía distinta a cada vez, cauce inducido pero no cerrado: cada intérprete, también artista como Clark, construía su propio conjunto de estelas encadenadas, trazaba su particular recinto en el espacio. En él se difuminaban hasta disolverse, como en los mejores proyectos, la dualidad convencional de anverso y reverso, arriba y abajo, principio y fin, dentro y afuera. Desde su evocador título literario, en el camino, nos ha gustado siempre emparejarlo en su modestia y cercanía, con las grandes obras en el territorio de algunos de nuestros míticos artistas en el desierto, en una mirada que salta escalas y construye paisajes a vista de pájaro o sobre nuestra mesa. Puede considerarse, por lo demás, una obra propia de su época, otro empeño de supresión de las barreras entre artistas, espectadores y objetos; la tradicional solidez dialéctica de polos desvanecida, de nuevo, en el aire. En aquellos años Clark había comenzado a cuestionarse “si cualquier gesto en la vida, podía adquirir magia como en la experiencia caminando”.
En su escrito “Danzar encadenado. La última coreografía de Merce Cunningham y John Cage” Antonio Juárez tomaba otra conocida figura de Nietzsche, animador desde el inicio de esta página que nos acoge –acaso un objeto de relaciones virtuales– para enlazarla con una lúcida analogía con la creación artística y arquitectónica: “danzar en cadenas”, explicaba el filósofo a propósito de Homero y otros poetas griegos, al asumir la coerción múltiple de la tradición de los poetas anteriores y añadir la invención de otra nueva, imponerla y vencerla. Así puede describirse el trabajo proyectual como un baile condicionado, la creación en los márgenes de unas exigencias, estirando el hilo que las circunstancias nos permiten (la propia obra de Clark, Hand Dialogue, en la que unas manos aparecen entrelazadas por otra banda de Moebius, pareciera remitir a ello. El arquitecto Steven Holl tituló una de las recapitulaciones de sus proyectos Intertwining, y otra de ellas, Anchoring. Ambos enunciados están contenidos en el hallazgo de Nietzsche, y condensan esta imagen física de grados de libertad a pesar de ciertos vínculos. También, a propósito de toda creación en el territorio, cabría reivindicar sendos títulos como un manifiesto en torno a la imbricación de arquitectura y lugar, arte y espacio.
Toda obra remite a un fragmento de nuestra vida, y en simetría, cada uno de nuestros pasos en el camino puede contener proyecciones creativas que trascendiendo su anclaje particular, se hagan universales. Objetos relacionales exploraba la potencialidad de los flujos entre las personas y las cosas, como una sucesión de secuencias osmóticas. Así, según narraba la artista, en su encuentro con el cuerpo, las bolitas que rellenaban una pequeña almohadilla de tela, hacían reverberar la pulsación vital del organismo que tocaban, y a su vez, emitían flujos y se tornaban células vivas que se agitaban por todo el cuerpo. Clark señalaba que los objetos relacionales solamente adquirían su especificidad al entrar en contacto con las fantasías de sus “pacientes”. El conjunto de relatos que la artista y los co-artistas protagonistas de las distintas acciones componían, aleaban la subjetividad con la reconstrucción de los hechos, alguna vez he pensado también en la proximidad a aquel pasaje de Goethe en que reconocía que cada objeto abría una nueva puerta de percepción orgánica: “el hombre se conoce a sí mismo sólo en la medida en que conoce el mundo, del cual toma conciencia sólo en sí mismo como toma conciencia de sí sólo en él. Cada objeto nuevo, bien contemplado, inaugura en nosotros un nuevo órgano” (Zur Morphologie, II, 1). 

“Como el río y el mar, o el mar y la nube, o la nube y la lluvia se enlazan en el ciclo del agua, así el “mundo y yo” se entretejen por numerosos hilos y por la continuidad de muchas fuerzas y sustancias: un mundo solo, aglutinado, de materia y energía en el que está inmerso el cuerpo.
Las caravanas de mensajes, que viajan como flujos químicos o eléctricos en los procesos informacionales del interior del cerebro, son parte de la madeja enmarañada de hilos y enlaces que comprende cuerpo y mundo. Fuera de esas conexiones la realidad nos parece incalculable, es un fantasma indescifrable. Los sentidos dibujan una frontera, una estrechez que interpretamos erróneamente como ruptura y segregación del sujeto y su entorno. Más allá de ese filtro de los sentidos, de esa angostura, se da una experiencia radical: la vívida y total identificación del yo y lo circundante. Entonces el cuerpo es, todo él, un verdadero órgano sensorial que induce un sentimiento de profunda unidad, la ilusión de un fluir desbordado en un estado de elevación o éxtasis.
Cualquier hombre sumido corporalmente en el mundo siente la exaltación que le impulsa a proyectar y prolongar esa compenetración del vivir, o del espectáculo que es vivir, aportando señales, voces o figuras, en definitiva obras, para contagiar y abrir esa experiencia a otros hombres. Las imágenes mentales se combinan, se transfiguran en el rodar del pensamiento hacia la expresión, hacia la actividad comunicativa, bien sea a través del habla, de la escritura de la danza, o de tantas otras manifestaciones en los diversos géneros artísticos”                                     Juan Navarro Baldeweg 

jueves, 21 de julio de 2011

¿Y qué es?...

El sonido del bolígrafo rasgando el papel es suave como el ronroneo de un gatito.

También la melodía del silencio… siempre lo hace… ¡qué capricho!, ¿por qué no deja de sonar?

La fresca brisa vespertina se resguarda de la mirada del sol.

Las nubes jugando a ser de goma, jugando a que juguemos a imaginarlas… esperan… quieren… les demos nombre…

El pájaro ocioso da gracias a la vida con su cantar por permitirle abrir los ojos un día más.

Las calles se asoman a la vista descubriéndose poco a poco, momento a momento, imagen a imagen… con erotismo.

¿Y yo? Sentado… pensando… mientras amanece… siempre lo hago… ¡qué caprichoso!

¿Qué es la literatura? No son palabras vanales, ruido insustancial o refinado y gustoso hablar.

¿Qué es la literatura? Sonido del bolígrafo, la brisa, nubes de interminable nombre, el canto del pájaro, la mirada evocadora a la calle, tú, yo, nosotros…

Juntos como nunca, separados como siempre… el silencio.

sábado, 2 de julio de 2011

Tres de la mañana...

Sonidos inexplicables, irreconocibles, irrefutables que activan la cámara fotográfica del hombre, los ojos, me hacen despertar mientras una ráfaga de aire caliente penetra en mi cuarto devolviéndome a la realidad. Como un soplido de fuego que intenta escapar de las ascuas ya moribundas recordando en qué momento fueron poderoso fuego ahora simple huella del pasado... el aire trae consigo estas melodías, sí, como siempre esas palabras al viento. 

Un texto "Interrelaciones", un libro "Atmósferas" y un instante inesperado, inoportuno, ideal entonces. No sé aún qué me anima a absorverlos pero es seguro que no es intencionado, sí, planificado, pero no por mí. Ellos me hablan de una relación oculta de las cosas, de cómo el trato humano guarda en sí la vida, de cómo el sonido, la forma, la luz es la arquitectura. Inmediatamente recuerdo aquel verso de Borges que tanto me emocionó en su momento... "cualquier cosa es todas las cosas".

Cualquier cosa es todas las cosas... cualquier cosa es todas las cosas... lo repito una y otra vez gustoso de captar cuánto dice y cuánto calla, como si de un sabroso plato se tratara y yo pecara de gula relamiéndome de placer. No hago más que aventurarme a imaginar qué es todo lo que es todo, qué es lo que no es nada... me siento entonces sobrepasado, desbordado ante tal universo imaginario. 

Ahora leo el fabuloso texto de Zumthor cuando, de repente, me siento atraído por un párrafo, un fragmento que considero soberbio... ¡oh, vida pura creedme! Me encanta, decido cuidadosamente doblar la esquina superior de la página marcando el texto... ¡Qué enorme sorpresa la mía al descubrir que esa página ya había sido doblada anteriormente!

Trato de establecer una nueva interrelación entre el individuo que me precedió en la lectura del libro y yo... ¿por qué ambos hemos escogido esa página como mágica? ¿qué tiene ella de especial para que dos personas aparentemente diferentes, inconexas, hagan suyo ese texto y no otro? Todo esto pasa por mi mente mientras continúo, a duras penas, abrumado... ¡Tanto por imaginar y descubrir con tan poco como es una hoja doblada en su esquina!. Entonces un nuevo fragmento llama mi atención, una cita, un aforismo que me evoca a mi sempiterno Nietzsche (y tendréis que disculpar en ese sentido que siempre lo sea) autor que Zumthor menciona más adelante en el libro... "O bien pueden decir: soy el edificio más bello; todos vosotros sois realmente malos. Soy como una diva

Alterado me fijo en la esquina del papel... esta vez, no. Sólo estoy yo, no hay ningún marcador previo a mí. ¿Por qué ese desconocido con el que yo sentía una conexión especial había despreciado aquella página?, ¿por qué había decidido que aquello no era para nada interesante, que no merecía la atención? La noche se me antoja entonces terminada. El peso de un libro puede destrozar hasta la más férrea voluntad humana. 

No sé qué tendrá este libro capaz de iluminar a tantos de mis compañeros de clase... pero algo oculto, metafísico, casi seguro que lo tiene... Ese maestro y su libro capaces de alumbrar la mente del proyectista que brillantemente decide proyectar una caja de música habitada en tan sólo con nueve lecciones... soberbio. Yo, aún sigo buscando la respuesta, por mi parte, en 21 lecciones, estoy seguro de su validez, acompañado de ellos, de mí, de vosotros y de estas interrelaciones que unen nuestro pensamiento... nos unen, a la vez que nos separan. 

domingo, 26 de junio de 2011

En este juego...

Que la vida pasa y yo con ella... que el tiempo nos mata mientras nos da la vida, que tu mirada me anima a respirar a la vez que me falta el aire y que esos ojos tristes me atraviesan el corazón.

sábado, 18 de junio de 2011

Deconstruir el tiempo...

“Me gustan los inicios”, aseguraba Loui Kahn. En estos instantes en los que parece que todo acaba es cuando este discurso se hace más necesario que nunca. Estamos terminando pero es obligado volver a empezar. El final no es el momento en que todo acaba sino justo lo contrario, el instante en que la vida comienza de nuevo.

“¿Es esto la vida?, le diré a la muerte, ¡muy bien pues que vuelva a empezar!

Siempre me ha obsesionado mucho esta sentencia de Nietzsche. Continuamente estoy preguntándome por el devenir cíclico de nuestra existencia; ¿en qué momento estamos terminando?, ¿en qué momento empezando algo nuevo? Esta obsesión por la secuencia histórica del hombre me ha llevado a establecer una máxima que da respuesta, al menos para mí, a esta cuestión: la nada lo es todo. La nada... no existe. ¿Algo que no existe?, ¿eso?, eso tiene que estar en todo. De igual manera, el comienzo es el final, y viceversa  nunca estamos ni comenzando ni terminando. El punto y final es un convenio ficticio inventado por el hombre, no existe escritor que no haya reescrito su obra en una nueva edición, escultor que no haya labrado una y otra vez la expresión de su escultura y enamorados que hayan mirado con más ternura a su pareja que la vez anterior. 

El primer curso de proyectos, ¿ha sido un inicio?, ¿finaliza hoy, ahora? Mi decisión es unívoca, no. El proyecto de arquitectura siempre está naciendo, pero nunca acaba, vuelve a nosotros continuamente durante cortos periodos de tiempos, otras veces él, caprichoso, estará años aguardando una nueva visita. Podremos buscarlo en cualquier confín de la tierra, en nosotros mismos o en los demás, en un juego de sombras y luces, de apariciones e ilusionismo si bien el proyecto es Harry Houdini.

Resulta imposible establecer un catálogo temporal, mucho menos atemporal. Es un año sí, pero son infinitos momentos, gestos, lecturas, nombres, amistades... que no caben en una palabra, o sí caben pero no alcanzan a expresar la belleza con la que se vive. Este curso de proyectos he sido yo, soy el único conocedor de la verdad de este año; un año, pero toda una vida. Es el final pero nada termina sino todo lo contrario, nuevamente. Volverá a nosotros pues el proyecto es el ave fénix de la génesis del hombre, y nadie puede aventurarse a asegurar cuándo... ¿en un inicio?,¿en un final?. El hombre es infinito y siempre está buscando la finitud, el hombre es todo y nada, y como todo y nada busca a su complementario a la vez que se busca a sí mismo, también.

Se necesitaría un tiempo eterno o un instante efímero de los que no disponemos. Un papel interminable o una imagen mental de las que no tenemos rastro… sobre todo, se necesitaría que nosotros no fuéramos nosotros. Pero, ¿qué somos todo, nada, ambos o ninguno? Se antoja imposible narrar nuestra historia pues aún está sucediendo. Todo lo que nos acontece está siendo escrito en nuestro cuaderno y su indeleble tinta quizás sea duradera a la vez que invisible a fecha de hoy.

Dalí necesito casi veinte años para desintegrar una de sus creaciones más famosas, La persistencia de la memoria. Imagino la vida de Dalí, llena de continuas idas y venidas de su proyecto, de reescrituras, lecturas e interpretaciones que hasta pasados los años no fue capaz de plasmar. Pienso en él como un ser obstinado, decidido a dar grandilocuencia a su obra,  en su estudio, perseverante, dispuesto a trazar de nuevo la historia, a empezar y terminar, a terminar a la vez que comienza, a vivir en definitiva... Dalí y su obra, un tiempo eterno que se tornó en finito.

Sí, él fue capaz de deconstruir el tiempo, su tiempo, su proyecto... algo que ni mucho menos nosotros podemos hacer. Antes debemos pensar cuál es la pincelada que perfile nuestra obra y la haga esplendorosa, no el brochazo que oculte la errata pues en la belleza se encuentra la tranquilidad y no en la perfección aparente. El microscopio temporal que actualmente poseemos nos tiene amordazados, amordazados por la tiranía... la tiranía del saber inmediato, el aparente. La verdad, no existe, y si existe no se encuentra en una etapa sino en una vida. ¿Qué es esto al fin y al cabo? No son más que palabras que lanzamos al viento y como viento que son, en él viven y mueren...  

“Ay”, dijo el ratón, “el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos, a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer”
“Solamente tienes que cambiar tu dirección”, dijo el gato, y se lo comió. (Franz Kafka)

miércoles, 8 de junio de 2011

Carta abierta

Querido maestro:
Bien sabido es en mi persona que para nada soy un moralista puritano. Jamás pondré la otra mejilla porque, ¿acaso no es lícito odiar al enemigo? El depredador devora a la presa, la presa se cuida de su depredador; es un ciclo natural ajeno al hombre, es en definitiva, nosotros mismos. Esta breve crónica es justamente todo lo contrario a la vida del filisteo; es violencia, es jovialidad, es temperamento, soy yo. A diferencia del que se dedica a clavar agujas sin sentido a todo momento; yo como todo estratega prefiero esperar el instante oportuno, uno solo, conciso, contundente... para él esas victorias pírricas. 

Convencer, no conmover. Y coincido con Adela Cortinas. Esos nuevos revolucionarios que claman por una nueva sociedad sin saber nada de ella y su historia; que hablan de filosofar, sin saber de filosofía, que hablan de la vida, sin amarla si quiera; no son la antítesis, tampoco la alternativa. Representan lo más odioso de la existencia: la apariencia. Utilizan una máscara, una cáscara tras la que ocultan un interior totalmente vacío en el mejor de los casos, depravado en el que nos acontece. 

El boxeador que conoce todo los movimientos puede anticiparse a ellos, jamás recibirá un crochet o un swing del contrario. Su rival tratará de imitarle, usar sus mismas tácticas, todo ello en vano. Una sonrisa asoma en mi rostro viendo que el contrario trata de imitarme pero no, no consentiré que llegue a tocarme porque yo sí conozco las técnicas. Me he enriquecido de lo mejor y los mejores, los he estudiado y ahora soy todos ellos, a la vez que soy yo. No me da miedo declarar mis influencias, mis referencias. La humildad consiste en reconocerlo y sobre todo, conocerlos; saber que cientos, miles de autores han pensado sobre lo mismo no debe amordazarnos sino al contrario. Como afirma Josep Quetglas los mejores maestros están en la biblioteca, esperándonos para enseñarnos todo cuanto saben. Pero que no haya confusión, el conocimiento no debe nacer y morir en un libro, hay que vivirlo afuera de él.

¿Dónde está la verdad? Es imposible saberlo. Se trata de explorar, de incentivar nuestra curiosidad, así se vive, vivimos nosotros, vive la historia. No obstante, puedo decirte donde no está la verdad. La verdad para el que quiere vivir, para el que no busca una tragedia en su vida, una vez más, sin saber nada de ésta. La verdad no está en ningún blog lleno de apariencias, de ignorancias, de falsedades y simplificaciones banales. La verdad no está en Vincent Rotensky, mucho menos en su teatral y patético mundo, porque lo que Rotensky dice sí que son trampas para pájaros. 

Espero que entiendas mejor por qué no puedo venderme ante la ignorancia, y por qué promulgar lo contrario a lo que tú y mis otros cientos de maestros me mostráis, la auténtica rebelión intelectual y no la rebelión ingenua que se me propone, es despreciar al hombre. No creas que este es mi último disparo, más bien es un estudio sobre los movimientos del enemigo aunque él ya ha comenzado la contienda, pero cuando se le termine la pólvora (que será en poco tiempo) comenzaremos su destrucción... hasta entonces seguiremos esquivando golpes, porque nosotros sí sabemos hacerlo de verdad.

sábado, 28 de mayo de 2011

Informe para una academia (Franz Kafka)

Excelentísimos señores académicos:
Me hacéis el honor de presentar a la Academia un informe sobre mi anterior vida de mono. Lamento no poder complaceros; hace ya cinco años que he abandonado la vida simiesca. Este corto tiempo cronológico es muy largo cuando se lo ha atravesado galopando -a veces junto a gente importante- entre aplausos, consejos y música de orquesta; pero en realidad solo, pues toda esta farsa quedaba -para guardar las apariencias- del otro lado de la barrera.
Si me hubiera aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis evocaciones de juventud, me hubiera sido imposible cumplir lo que he cumplido. La norma suprema que me impuse consistió justamente en negarme a mí mismo toda terquedad. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero de esta manera los recuerdos se fueron borrando cada vez más. Si bien, de haberlo permitido los hombres, yo hubiera podido retornar libremente, al principio, por la puerta total que el cielo forma sobre la tierra, ésta se fue angostando cada vez más, a medida que mi evolución se activaba como a fustazos: más recluido, y mejor me sentía en el mundo de los hombres: la tempestad, que viniendo de mi pasado soplaba tras de mí, ha ido amainando: hoy es tan solo una corriente de aire que refrigera mis talones. Y el lejano orificio a través del cual ésta me llega, y por el cual llegué yo un día, se ha reducido tanto que -de tener fuerza y voluntad suficientes para volver corriendo hasta él- tendría que despellejarme vivo si quisiera atravesarlo. Hablando con sinceridad -por más que me guste hablar de estas cosas en sentido metafórico-, hablando con sinceridad os digo: vuestra simiedad, estimados señores, en tanto que tuvierais algo similar en vuestro pasado, no podría estar más alejada de vosotros que lo que la mía está de mí. Sin embargo, le cosquillea los talones a todo aquel que pisa sobre la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles.  
[...]
Si de un vistazo examino mi evolución y lo que fue su objetivo hasta ahora, ni me arrepiento de ella, ni me doy por satisfecho. Con las manos en los bolsillos del pantalón, con la botella de vino sobre la mesa, recostado o sentado a medias en la mecedora, miro por la ventana. Si llegan visitas, las recibo correctamente. Mi empresario está sentado en la antecámara: si toco el timbre, se presenta y escucha lo que tengo que decirle. Por las noches casi siempre hay función y obtengo éxitos ya apenas superables. Y si al salir de los banquetes, de las sociedades científicas o de las agradables reuniones entre amigos, llego a casa a altas horas de la noche; allí me espera una pequeña y semiamaestrada chimpancé con quien, a la manera simiesca, lo paso muy bien. De día no quiero verla pues tiene en la mirada esa demencia del animal alterado por el adiestramiento; eso únicamente yo lo percibo, y no puedo soportarlo.
De todos modos, en síntesis, he logrado lo que me había propuesto lograr. Y no se diga que el esfuerzo no valía la pena. Sin embargo, no es la opinión de los hombres lo que me interesa; yo sólo quiero difundir conocimientos, sólo estoy informando. También a vosotros, excelentísimos señores académicos, sólo os he informado.

domingo, 22 de mayo de 2011

¿Un libro? No lo es, pero ojalá lo fuera...

- ¿Sabes qué? Nuestra historia está sacada de un libro
- ¿Ah, sí?, ¿de qué libro concretamente?
- De uno precioso; no es poesía pero sus palabras, frases y sentencias son tan hermosas que bien lo pareciera. Tampoco es narrativa, pero la secuencia entrelazada que establecen nuestros personajes lo engancha a uno de una forma sobrenatural. No podría jurar que es teatro mas, continuamente trato de convencerme de que lo es, de que las acciones que acontecen se están representado en algún lugar de este mundo o quién sabe si en algún otro.
- ¡Que bello debe ser ese libro! Una poesía que no muere en la rotundidad de un verso, una narración que lo absorbe a uno mientras continuamente imagina que todo está sucediendo como en la más desagarradora tragedia. ¿Quién es el autor de tan magnífico escrito?
- ¿Un autor?, ¿de verdad crees que tiene nombre, que una sola persona podría crear semejante obra de arte, que todo lo que ahí aparece no es todo y todos? Me parece que decirte un nombre, darte una respuesta a una pregunta que tú debes averiguar, es contarte el final del libro... puedo hacerlo, es sumamente sencillo, pero, ¿de verdad quieres eso?
-  ¡No, cuánta intriga! Me muero de ganas por leerlo
- Lo siento mucho, pero no podrás hacerlo nunca
- ¿Y eso, acaso no está aún impreso ese libro y nunca lo estará?
- ¿Un libro? No lo es, pero ojalá lo fuera... Conozco el principio: "Sólo querría tomar un café mientras amanece en nuestra terraza y nos miramos a los ojos, sin decir nada, sintiendo cómo respiramos al unísono"
- Me encanta el inicio, de veras que sí
- Para mí es mejor el final: "... quizás sea una auténtica utopía, pero no será efímera como el grano de arena que se posa en la roca y muere en los soplidos de los vientos del mar". Ese es el final, el momento en que todo comienza de nuevo, y ahora nos toca a nosotros unir esas dos imágenes.
- Entiendo. Me encantará escribir el libro de nuestra vida, porque sé que tú eres el motivo por el que yo escribiría semejante libro y yo soy lo único que puede hacer lo mismo por ti. No perdamos más tiempo, está amaneciendo en la terraza, cállate y comencemos a escribir nuestra historia. 

                   "Y los ojos prometen mientras la boca aguarda" (Guillén)

martes, 10 de mayo de 2011

Un soplo de aire fresco...

Somos la proyección continuada de antiguas imágenes ideadas desde antaño. La hiperbólica vida que seguimos nos obliga a tomar unas decisiones que no son nuestras, es más no son decisiones… son secuencias. No podemos ignorar la tremenda carga que llevamos a nuestras espaldas: palabras, ideas, personas, vidas... 

Son entes que apuñalan a cada instante nuestro pensamiento esperando a que sigamos su caprichosa y voluptuosa voluntad, durmiendo nuestra conciencia para que continuemos la sucesión filmatográfica que ya tenemos predeterminada en nuestro ser. A cada instante se filtran por nuestros ojos nuevos mundos, nuevos telares que nada tienen que ver con lo anterior... pero apretamos con decisión nuestros párpados haciendo sonreír al tirano proyector que se complace de admirar nuestra servidumbre.

¡Pero ya no! ¡Nosotros somos la generación de la pólvora, de los puños en la mesa y las miradas desafiantes! Estamos dispuestos a romper esta cadenas cueste lo que cueste. No sabemos qué es la compasión, tampoco pretendan enseñarnos su significado. Traspasaremos cualquier muro que nos impongan, derrocaremos las barreras o fronteras físicas y mentales que encontremos en nuestra imparable masacre. Los ideales barbudos están condenados a la extinción. No obstante, habremos de cuidarnos de ellos pues son presas que sienten cómo su final se acerca y no dudarán en defenderse hasta la muerte, una muerte que gustosamente les daremos.

¡Aprendamos a leer el pasado!, que no sea éste la vivencia del presente que determine nuestro futuro… nosotros podemos. Miles de hombres han alzado la voz de entre el murmullo críptico que nos callaba, otros tantos han ondeado los ideales joviales que terminarían por dar en la putrefacción del orden establecido y, hermanos, no podemos sino hacer lo mismo.

“En pie sobre la cima del mundo arrojamos nuestro reto a las estrellas”. Somos los descendientes de Marinetti, pero no sabemos de retos. Sólo pedimos desafíos. No hablamos desde la cima del mundo, nosotros lo hacemos desde el centro del mismísimo universo tal que: “Con el universo bajo nuestros pies exhalamos un soplo de aire fresco hacia el corazón de todo ser”

¡No! Nuestras justificaciones no son trampas para pájaros como proclamarán, sino todo lo contrario. Nuestros ideales son cepos para ratas que chillarán desesperadas por liberarse de ellos. ¿Qué es la vida sin el dinamismo? Nos negamos a quedar estáticos en este mundo. ¡Que comience ya una era que no tendrá fin, que no será un sueño!


“La vida sólo la vive el que se rebela y el que se resiste” (PabloG)

sábado, 30 de abril de 2011

Que las atrape el viento...

Sólo se trata de lanzar una palabra, una tragedia... ¡y que las atrape el viento!


Cierto, Dalí. La monarquía es la validez suprema del ácido desoxirribonucleico, es la certeza que nos lleva a afirmar que desde la primera célula todo se transmite. La constatación de que desde el momento en que jugamos a la contingencia; desde nuestro nacimiento, estamos atados a nuestra raza. No obstante, ¿acaso no refuta la monarquía el ADN si lo comparamos con la literatura? 

En efecto, la literatura es el más excelso ejemplo de que la historia de la humanidad, lo universal, está ligado a la persona, lo individual, indisolublemente. Esta relación es retroalimentativa, es la simbiosis del génesis humano. La historia alimenta al hombre, le conforma y proyecta. Por su parte, el hombre la construye dándole nuevo material para distribuir entre la población que debe alimentar. En este sentido, podemos afirmar que tanto el hombre como la historia son imperfectos, inacabados... y que "todo fluye, nada permanece". 

Ningún hombre estará acabado en la medida en que cuando lo esté, dejará de serlo. ¿Qué sería de ti si de verdad fueras estereotípico, escultórico, proporcionado y modelado? Yo puedo decirlo, serías un cadáver. Es el único instante en el que el hombre es perfecto tal y como es, nunca devenirá en algo mejor... es tan acabado como la historia que él ha hecho. A pesar de esto, el hombre perfecto, el cadáver, desaparece de la historia siempre y cuando la historia no le haya hecho ver lo siguiente: la única muerte es el olvido. Si de verdad el cadáver en vida entendió esto, nunca podrá ser perfecto y siempre vivirá, alimentando y alimentándose de la historia. Es decir, si Marx no hubiera visto esto, es seguro que no nacerían nuevas interpretaciones (en definitiva mejoras) de sus teorías, que no hacen otra cosa sino alimentar la historia pues, la historia ha dado armas para crear esas nuevas teorías. Como conclusión, ya que Marx se sigue alimentando de la historia y alimenta a ésta, Marx, cadáver, sigue vivo.

¿Y la historia?, ¿cómo vive? La respuesta es inequívoca: la historia vive de la curiosidad. La historia es alimentada por los hombres vivos (sin significar los hombres que viven) y ella alimenta a los hombres gracias a la curiosidad de éstos. Observemos que existen dos tipos de hombres en el mundo: el conformista y el curioso. Citemos ahora un ciclo histórico que pueda parecer totalmente cerrado, por ejemplo, el neolítico. El conformista (el opuesto al curioso, el que vive de las rentas de la historia y no se encarga de alimentarla) creerá en su sueño dogmático que el neolítico se rige por la mesura. Todo de él se conoce, se ha documentado y él puedo usarlo a su favor. El curioso, el más caritativo de los hombres con respecto a la historia, el más grandilocuente poeta de todos ellos, buscará siempre una nueva punta de flecha, un hacha de sílex... cualquier cosa que pueda poner en quiebra todo los valores establecidos que el conformista maneja para así alimentar a la historia. El curioso creará nuevas teorías e hipótesis y dará vida a la historia al igual que hace con Marx.

Es lo único que le doy a la historia, palabras al viento. Que ella las recoja y, algún día, alguien me traiga de nuevo a la vida, que yo nunca muera, que sea un cadáver vivo. Que así yo crea que el final es el punto en el que todo comienza de nuevo...

"¿Es esto la vida?, le diré a la muerte, ¡muy bien pues que vuelva a empezar!" (Nietzsche)